martes, 28 de marzo de 2017

DONDE YA ESTÁS (Parte 2)




(PARTE 2)




Los niños son inocentes. Llegan al mundo sin ninguna idea de lo que va a ocurrir. Naturalmente, al encontrarse entre la gente, empiezan a imitarla. Esa es su manera de aprender. Y es precisamente en ese proceso de imitación y aprendizaje donde ocurre el gran error que Julian Huxley piensa que es genético. No lo es, es cultural. Es causado por los adultos. El niño no tiene otra alternativa, tiene que aprender de gente enferma. Y esa gente enferma no tolerará a nadie que no esté enfermo.


Cualquiera que esté sano será odiado, será envenenado, será lapidado hasta la muerte, porque la masa tiene que escoger entre dos cosas: o el individuo es correcto —lo cual significaría que la masa y toda su historia es incorrecta—, o la masa y su largo pasado, que ella llama su «glorioso pasado». son correctos, en cuyo caso, ese individuo ha de ser eliminado, porque supone una constante interrogación. 


Sócrates fue envenenado por algún motivo. Sócrates es intolerable. Su simple presencia hiere por su altura, su inteligencia, su honestidad, y esto pone de manifiesto la hipocresía. Por supuesto, la masa no está dispuesta a aceptar que un solo hombre se enfrente a toda la historia de la humanidad. Es mejor destruir a ese hombre, deshacerse de él, porque supone un fastidio constante; le está diciendo que es deshonesta, que está viviendo una mentira, que sus dioses son falsos, que sus esperanzas no son más que un consuelo, que está intentando esconder su desnudez.

Tú sabes perfectamente que debajo de tu vestimenta eres una persona completamente diferente. Las personas como Sócrates son recordatorios, y duele que te recuerden tu deshonestidad contigo mismo. Duele saber que tu amor no es amor, sino celos, una forma adulterada del odio. Duele saber que tus dioses no son más que patrañas, creados por ti mismo; tus sagradas escrituras son lo menos sagradas que un libro pueda ser. Cuando aparece un hombre como Sócrates, al parecer, lo más fácil es deshacerse de él, acomodarse en la desdicha y empezar de nuevo a esforzarse en la búsqueda de la iluminación.

Es una situación muy extraña. Siempre que alguien es natural y está iluminado, lo destruyes, y luego intentas descubrir la forma de iluminarte. Quizá tu búsqueda de la iluminación no sea más que una astuta estrategia para posponer la iluminación. 
En realidad, ni siquiera se puede hablar de aplazamiento. La verdad es que tú estás iluminado y estás intentando no estarlo.

Todo tu esfuerzo en ser católico, protestante, hindú, o musulmán no es más que una excusa para no reconocer tu iluminación.


Cuando Sócrates fue envenenado, Atenas era una ciudad-estado, una democracia directa. Todos los ciudadanos, excepto los esclavos, tenían derecho al voto, así que todas las decisiones eran tomadas por los ciudadanos.

El juez que tenía que comunicar la decisión de la mayoría de los atenienses a favor o en contra del envenenamiento de Sócrates estaba muy perplejo. Debe de haber sido un hombre de cierta inteligencia, Él se dio cuenta de que Sócrates era una persona sencilla, inocente, casi infantil. No había cometido ningún crimen, nunca le había hecho daño a nadie. Y eso fue precisamente lo que Sócrates apeló en el tribunal: «Decidme, ¿cuál ha sido mi crimen?». 
No había ningún crimen, no había ningún cargo en su contra.

El juez le susurró al oído: «Tu crimen es ser una persona natural. 
No puedo decirlo en voz alta. porque sé que si no pueden perdonarte a ti, tampoco podrían perdonarme a mí. Aunque seas una excepción, eres la prueba de que los hombres pueden ser inocentes, sinceros, vitales, y felices. Tienes tres alternativas...

»La primera sería que te marchases de Atenas. Corno Atenas es una ciudad-estado, sus leyes no son aplicables fuera de sus límites. 
Esa sería la mejor. Fuera de aquí podrías abrir tu escuela, tu academia, y los que te aman podrían marcharse contigo. Y no me cabe la menor duda de que la generación joven se siente muy atraída por ti. Es la generación de los viejos la que...». 
En tiempos pasados, la generación de los viejos siempre estaba en mayoría, ya que nueve de cada diez niños morían antes de llegar a los dos años de edad. Ahora la situación se ha invertido: solo uno de cada diez niños muere, nueve sobreviven. Esta es la primera vez que, en el mundo, la generación de los jóvenes está en mayoría.

Nunca antes los jóvenes habían estado en mayoría. Siempre habían sido un grupo minoritario. 
El juez le dijo: «Lo mejor es que te marches de la ciudad». Sócrates le contestó: «Eso sería una cobardía. De todas formas, tarde o temprano; la muerte tiene llegar. Y yo ya he vivido bastante. Pero no quiero que las generaciones futuras recuerden que Sócrates se marchó de Atenas por miedo a la muerte. Así que lo siento. pero no puedo marcharme de Atenas». 
Entonces el juez le dijo: «La segunda alternativa sería que dejases de enseñar. Podrías vivir en Atenas, pero tendrías que dejar de hablar de tu verdad. Tendrías que dejar de hablar a la gente de la necesidad de ser sincero y auténtico». 
Sócrates le respondió: «Me estás pidiendo que haga algo que no puedo hacer. ¿Qué sentido tendría mi vida si no puedo florecer en todo mi potencial? Cuando un árbol florece, la fragancia de sus flores llega a todos aquellos que pueden olerla. Continuaré hablando acerca de la verdad y continuaré provocando a la gente para que sea natural y no se vuelva hipócrita como pretenden las llamadas religiones».

El juez se lamentó: «Entonces no puedo hacer nada. La tercera alternativa es que aceptes el veneno. Porque la mayoría, aunque no tenga ninguna evidencia de ello, dice que tu mera presencia es corrosiva. que tu mera presencia está corrompiendo a la juventud, que tu mera presencia le está diciendo a la juventud que se aleje del viejo camino trazado por los antiguos. Tu presencia está haciendo que los individuos se vuelvan más seguros de sí mismos, les está dando valor para ser libres y levantarse, aunque tengan que enfrentarse a toda la sociedad». 
Sócrates contestó: «En eso no hay ningún problema. Puedo aceptar el veneno. Moriré por una buena causa. He vivido en la gloria absoluta y moriré "in crescendo"». 
Él estaba tumbado en la cama mientras le estaban preparando el veneno. El encargado de administrárselo —que ya había preparado el veneno para muchos otros condenados— estaba intentando retrasarlo, porque él también sentía: «Ese hombre es completamente inocente. Si puedo darle unos cuantos minutos más de vida. Yo solo soy un pobre hombre, es lo único que puedo hacer».

Así que estaba preparando el veneno lo más lentamente posible. 
Pero Sócrates se acercó a la puerta y le dijo: «No estás siendo sincero, estás haciendo trampas. Las órdenes son que el veneno me sea administrado a la puesta del sol. El sol ya se ha puesto y el veneno todavía no está preparado. Me parece que estás intentando darme unos minutos más, pero no es necesario. Estoy preparado para entrar en lo desconocido. Ya conozco bastante la vida. No lo retrases; déjame entrar en los desconocidos misterios de la muerte».

Él fue uno de los hombres más sinceros, en el sentido de que nunca habló acerca de lo que ocurre después de la muerte. Siempre decía: «Esperad a que muera. Hasta que no lo conozca, no podré decir nada acerca de lo que ocurre después de la muerte. Todos aquellos que han dicho algo estaban mintiendo, engañando, timando, porque todavía estaban vivos, y por lo tanto no sabían nada acerca de la muerte. No me obliguéis a ser como ellos. Yo solo hablaré de aquello que haya experimentado».

Le dijo al hombre que estaba preparando el veneno: «Date prisa, porque mis discípulos están esperando. A lo mejor puedo darles algunas indicaciones acerca de la muerte cuando la esté experimentando». Le administraron el veneno; fue entonces cuando Sócrates alcanzó su más pura consciencia. Le dijo a sus discípulos: 
«El veneno ya ha hecho efecto desde los pies hasta las rodillas. Pero recordad: las partes inferiores de las piernas ya no están vivas, sin embargo, yo sigo tan completo, tan entero, como siempre. En mí no ha desaparecido nada». Y luego, el resto de las piernas, y luego las manos... y la respiración empezó a ralentizarse. Entonces Sócrates dijo: «Es posible que no pueda seguir hablando. Quiero que sepáis que casi todo mi cuerpo ya está muerto. Unas respiraciones más... y me habré ido. Pero yo sigo tan total y tan entero como 
siempre. Mi consciencia es clara como el agua cristalina». 
Esto manifiesta la sinceridad de ese hombre. Solo un hombre así puede decir que tus fuentes de vida pertenecen a la eternidad, que no mueren con tu cuerpo. Solo se mudan de casa. Tú siempre has estado aquí. y siempre estarás aquí. Tú eres parte, y una parte esencial, una parte inseparable de esta existencia danzante de inmensa belleza. 

Simplemente sé natural para que puedas seguir en armonía con la existencia, para que puedas danzar bajo la lluvia y bajo el sol y con los árboles, para que puedas estar en comunión con las montañas, con las estrellas y hasta con las piedras. 
Aparte de eso, no hay ninguna iluminación.

Permíteme que lo defina: la iluminación es estar en armonía con la existencia. 


La iluminación es estar en armonía con la naturaleza, con la verdadera naturaleza de las cosas. 


En contra de la naturaleza solo hay desdicha, una desdicha creada por ti mismo. Tú eres el único responsable. 




Osho "Creer en lo imposible antes del desayuno"
Este artículo es la continuación de DONDE YA ESTÁS (Parte 1)
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