lunes, 15 de junio de 2015

El Único Pecado es la Inconsciencia



Tú te consideras conciente? Si haces lo mismo que las masas, lo mismo que te han inculcado tus padres, la iglesia, la sociedad...eres una oveja más del rebaño y eres inconsciente.... este es el único "pecado" que podríamos decir existe.... sigue leyendo y verás porque digo esto y lo que dice Osho al respecto....


El único pecado es la inconsciencia 
y la única virtud es la conciencia.
Lo que no se puede hacer sin inconsciencia es pecado.
Lo que solo se puede hacer mediante la conciencia es virtud. 




Es imposible cometer un asesinato si eres consciente; es imposible ser  violento en forma alguna... si eres consciente. Es imposible violar,  robar, torturar... todo eso es imposible si hay conciencia. Solo cuan­do la inconsciencia predomina, en las tinieblas de la inconsciencia, toda clase de enemigos penetran en ti.
Buda decía: «Si hay luz en una casa, los ladrones la evitan; y si el vigilante está despierto, los ladrones ni lo intentan. y si hay gen­te andando y hablando dentro, y los habitantes todavía no se han  quedado dormidos, no es posible que los ladrones entren, ni siquie­ra se les ocurre pensar en ello.»

Exactamente lo mismo ocurre contigo. Eres una casa sin ninguna luz. El estado ordinario del ser humano es el funcionamiento mecánico: Homo mechanicus. Solo tienes de humano el nombre; por lo demás, eres solo una máquina adiestrada y habilidosa, y cual­quier cosa que hagas será errónea. y recuerda, digo que cualquier cosa que hagas; ni siquiera tus virtudes serán virtudes si estás in­consciente. ¿Cómo vas a poder ser virtuoso estando inconscien­te? Detrás de tu virtud vendrá un gran, un enorme ego. Tiene que ser así. 



Yo no enseño moralidad, ni enseño virtud... porque sé que sin -conciencia-son solo pretensiones, hipocresías. Te hacen falso. No te  liberan,
no pueden liberarte. Por el   contrario, te aprisionan.






Solo una cosa es suficiente: la con­ciencia es una llave maestra. Abre to­das las cerraduras de la existencia. La conciencia significa vivir momento a momento, estar alerta, consciente de ti mismo y consciente de todo lo que ocurre a tu alrededor en una respues­ta  momento a momento. 
Eres como un espejo, reflejas. Y reflejas de un modo tan total que todo lo que se hace basándose en ese reflejo está bien he­cho  porque encaja, está en armonía con la existencia. En realidad no surge en ti, no eres tú el hacedor. Surge en el contexto total: la situación, tú y todo lo demás participáis en ello. De esa totalidad nace el acto. No es tu acto, tú no has decidido hacerlo así. No es una decisión tuya, no es idea  tuya, no es tu carácter. No lo estás haciendo tú, solo estás dejando ocurra.

Es como si salieras a pasear a primera hora de la mañana, cuan­do el sol aún no ha salido, y encuentras una serpiente en el cami­no. No hay tiempo para pensar. Solo puedes reflejar, no hay tiempo para decidir qué hacer y qué no hacer. ¡Saltas inmediatamente! Fíjate en la palabra inmediatamente: no se pierde ni un solo ins­tante; saltas inmediatamente fuera del camino. Más tarde, podrás sentarte bajo un árbol y pensar en ello: qué ocurrió, cómo lo hi­ciste, y te puedes dar una palmadita en la espalda por haberlo hecho bien. Pero en realidad, tú no lo hiciste; es algo que ocu­rrió. Ocurrió en un contexto total. Tú, la serpiente, el peligro de muerte, el esfuerzo de la vida por protegerse... y mil y una cosas más, todo forma parte. La situación total ocasionó el acto. Tú solo fuiste un médium.





Ahora bien, este acto encaja. Tú no eres el hacedor. El todo ha actuado por medio de la parte.
Esto es virtud. Nunca te arrepen­tirás de ello. Y es un acto verdadera­mente liberador. En cuanto ocurre, ha terminado. Quedas otra vez libre para actuar; no llevarás esa acción en la ca­beza. No pasará a formar parte de tu memoria psicológica. No dejará ningu­na herida en tu interior. Fue tan espon­táneo que no dejará ninguna huella. Este acto nunca se convertirá en un karma. Este acto no dejará ninguna marca en ti. El acto que se convierte en un karma es el que no es un verdadero acto sino una reacción: algo que procede del pasado de la memoria, del, pensamiento.

Eres tú quien decide, quien elige.

Todo mi mensaje es que necesitas una conciencia, no un carácter. La conciencia es lo auténtico, el carácter es una falsa entidad. El carác­ter es necesario para los que no tienen conciencia. Si tienes ojos, no  necesitas un bastón para tantear tu camino, para andar a tientas. Si puedes ver, no tienes que preguntar a otros dónde está la puerta.

El carácter es necesario porque la gente está inconsciente. El ca­rácter es solo un lubricante; te ayuda a vivir tu vida de un modo más suave.
George Gurdjieff decía que el carácter es como un amor­tiguador, como los topes de los vagones de tren. Entre cada dos va­gones hay topes; si algo ocurre, esos amortiguadores impiden que los compartimentos choquen. O como los amortiguadores de los coches: son muelles para rodar con suavidad. Los muelles absorben, los choques, amortiguan los choques. Eso es el carácter: un amortiguador de choques.

A la gente se le dice que sea humilde. Si aprendes a ser humilde, eso te sirve de amortiguador de choques. Si aprendes a ser humilde, podrás prote­gerte de los egos ajenos. No te  harán tanto daño, porque eres una persona humilde.
Si eres egoísta, te harán daño una vez tras otra -el ego es muy sen­sible-, así que proteges tu ego cu­briéndolo con una manta de humildad. Es una ayuda, te da una cierta suavidad. Pero no te transforma.

Mi trabajo consiste en la transfor­mación. Esta es una escuela alquímica. Quiero que te transformes, de la inconsciencia a la conciencia, de la oscuridad a la luz. No puedo darte un carácter; solo puedo dar­te penetración, conciencia. Me gustaría que vivieras momento a momento, no siguiendo una pauta que te doy yo o que te da la so­ciedad, la iglesia, el estado. Me gustaría que vivieras siguiendo tu propia y pequeña luz de la conciencia, según tu propia conciencia.    
Debes responder a cada momento. 







El carácter significa que tie­nes respuestas preparadas para todas las cuestiones de la vida, así   que cuando se presenta una situación tú respondes según la pauta prefijada. Dado que respondes con una respuesta preparada, eso no es una verdadera respuesta, es solo una reacción. 
 
El hombre de ca­rácter reacciona, el hombre de conciencia responde: asimila la si­tuación, refleja la realidad tal como es, y actúa basándose en ese re­flejo. El hombre de carácter reacciona, el hombre de conciencia actúa. El hombre de carácter es mecánico, funciona como un ro­bot. Tiene un ordenador en su mente, lleno de información; pre­gúntale cualquier cosa y de su ordenador saldrá una respuesta ya preparada.

Un hombre de conciencia simplemente actúa en el momento, sin  guiarse por el pasado o por la memo­ria . Su respuesta tiene una belleza, una naturalidad, y es una respuesta fiel a la situación. El hombre de carácter siempre se queda corto, porque la vida está cambiando constantemente; nunca es la misma. Y tus respuestas son siempre las mismas, nunca cre­cen. No pueden crecer, están muertas.

Cuando eras niño te dijeron ciertas cosas; siguen ahí. Tú has crecido, la vida ha cambiado, pero la respuesta que te dieron tus padres o tus profeso­res o tus sacerdotes sigue estando ahí. Y si algo ocurre, tú funcionarás según esa respuesta que te dieron hace cin­cuenta años. Y en cincuenta años ha  bajado mucha agua por el Ganges. La vida es totalmente diferente.
Decía Heráclito que no puedes bañarte dos veces en el mismo río. Y yo te digo que no puedes bañarte en el mismo río ni una sola vez; el río fluye demasiado rápido.
El carácter está estancado; es una charca de agua sucia. La con­ciencia es un río.

Por eso yo no le doy a mi gente ningún código de conducta. Les  doy ojos para ver, una conciencia para reflejar, un ser como un es­pejo para, responder a cualquier situación que se presente. No les doy información detallada sobre lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. No les doy diez mandamientos. Y si empiezas a dar­les mandamientos, no puedes pararte en diez, porque la vida es mu­cho más compleja.    

En las escrituras budistas hay treinta y tres mil reglas para el monje budista. ¡Treinta y tres mil re­glas! Para cada posible situación que pueda presentarse tienen una respuesta preparada. Pero ¿cómo vas a re­cordar treinta y tres mil reglas de conducta? Y un hombre que sea lo bas­tante listo para recordar treinta y tres mil reglas de conducta será siempre lo bastante listo para encontrar una ma­nera de salirse de ellas; si no quiere ha­cer una cosa, encontrará una salida; si  quiere hacer una cosa, encontrará una salida.



He oído contar que a un santo cris­tiano un hombre le regó en la cara porque aquel día, en su sermón matu­tino, había dicho: «Jesús' dice que si al­guien os pega en una mejilla, le ofrez­cáis la otra.» Y el hombre quería ponerlo a prueba, así que le pegó, le pegó con fuerza en una mejilla. Y el santo fue verdaderamente fiel a su palabra: le presentó la otra me­jilla. Pero aquel hombre era un caso: le pegó aún más fuerte en la otra mejilla. Entonces se llevó una sorpresa: el santo saltó sobre él y empezó a pegarle con tanta fuerza que el hombre dijo: «¿Pero qué haces? Eres un santo, y esta misma mañana decías que si alguien te pega en una mejilla, debes ofrecerle la otra.»
-Sí -dijo el santo-. Pero no tengo una tercera mejilla, y Je­sús se detuvo ahí. Ahora soy libre. Ahora vaya hacer lo que quiero. Jesús no tiene más información sobre el tema.

Ocurrió exactamente lo mismo en vida de Jesús. En una ocasión le dijo a un discípulo: «Perdona siete veces.» Y el discípulo dijo: «Vale.» La manera en que dijo «vale» hizo sospechar a Jesús, que entonces dijo: «Quiero decir que perdones setenta y siete veces.»     El discípulo se desconcertó un poco, pero dijo: «Vale... porque los números no terminan con el setenta y siete. ¿Qué pasa con el seten­ta y ocho? Entonces seré libre, podré hacer lo que quiera.»

¿Cuántas reglas puedes imponer a la gente? Es estúpido, absur­do.
Esa es la manera que tiene la gente de ser religiosa, y aun así no es religiosa. Siempre encuentran una manera de salirse de las re­glas de conducta y los mandamientos. Siempre pueden encontrar una salida por la puerta trasera. Y el carácter puede darte, como má­ximo, una seudo máscara tan fina como la piel; ni siquiera como la piel: basta rascar un poquito a vuestros sanos y encontraréis a la bestia escondida detrás. En la superficie parecen bellos, pero solo en la superficie.
Yo no quiero que seáis superficiales; quiero que cambiéis de ver­dad. Pero un auténtico cambio solo se produce en el centro de vues­tro ser, no en la circunferencia. El carácter es como pintar la cir­cunferencia; la conciencia es la transformación del centro.



 


En el momento que empiezas a ver tus defectos estos empiezan a caer como hojas secas. Y entonces, ya no hay que hacer nada más. Con verlos es suficiente. Lo único que hace falta es ser consciente de tus defectos. Con esa conciencia, empiezan a desaparecer, se eva­poran.
Uno solo puede seguir cometiendo los mismos errores si es in­consciente de ellos. Cuando uno es inconsciente sigue cometiendo los mismos errores, y aunque intente cambiar seguirá cometien­do el mismo error con alguna otra forma, en alguna otra variante  ¡Los hay de todos los tamaños y formas! Puedes intercambiarlos, sustituir unos por otros, pero no puedes librarte de ellos porque en  el fondo tú no ves que eso sea un defecto. Puede que otros te lo di­gan, porque ellos lo ven...
Por eso todo el mundo se considera a sí mismo tan bello, tan in­teligente, tan virtuoso, tan santo... y nadie más está de acuerdo. La razón es bien sencilla: miras a los otros y ves su realidad, pero en lo referente a ti mismo mantienes ficciones, hermosas ficciones. Todo lo que sabes de ti mismo es más ó menos un mito; no tiene nada que ver con la realidad.

En cuanto uno ve sus propios de­fectos, se produce un cambio radical. Por eso todos los Budas de todas las épocas han enseñado una sola cosa: CONCIENCIA. No te enseñan carácter; el carácter lo enseñan los sacerdotes, los políticos, pero no los Budas. Los Budas te enseñan conciencia, pero no con­ciencia moral.

Esta conciencia moral es una juga­rreta que te hacen otros; otros te dicen o que está bien y lo que está mal. Te meten ideas a la fuerza, y te las meten desde que eres muy pequeño.
Cuando eres tan inocente, tan vulnerable, tan delicado que existe la posibilidad de dejar huella en ti, de dejar una impre­sión. Te han condicionado desde el principio mismo. A este condiciona­miento lo llaman «conciencia» y esa conciencia domina siempre toda tu vida. La conciencia moral es una estrategia de la sociedad para esclavizarte.

Los Budas enseñan conciencia. Esta conciencia significa que no tienes que aprender de otros lo que está bien y lo que está mal. No hay necesidad de aprender de nadie, solo tienes que ir hacia dentro. El viaje al interior es suficiente: cuanto más profundices, más con­ciencia se libera. Cuando llegas al centro estás tan lleno de luz que la oscuridad desaparece. 







Cuando enciendes la luz en tu habitación no tienes que empujar a la oscuridad para que salga. La presencia de la luz es suficien­te, porque la oscuridad es solo la ausencia de luz. Lo mismo son todas tus locuras e insensateces.

Un hombre vestido de Adolf HitIer va al psiquiatra.
-Como puede ver, no tengo problemas -dice-. Tengo el ejército más poderoso del mundo, todo el dinero Que quiero y todos los  lujos que uno pueda imaginar.
-Entonces, ¿qué le preocupa? -pregunta el psiquiatra.  
-Es mi mujer -dice el hombre-
 Cree que es la señora de Martínez.

No te rías del pobre hombre. No es otro sino tú.   

Un hombre va a la sastrería y ve a, un tipo colgado de un brazo en el centro del techo.    
-¿Qué hace ese ahí? -pregunta.
-Bah, no le haga caso -dice el sastre-. Se cree una bombilla.
- ¿Y por qué no le dice que no lo es? -pregunta el asombrado cliente.
-¿Cómo? -replica el sastre-. ¿y trabajar a oscuras?   

En cuanto sabes que estás loco, dejas de estar loco. Este es el único criterio de cordura. En cuanto sabes que eres ignorante, te vuelves sabio.




El oráculo de Delfos declaró que Sócrates era el hombre más sa­bio del mundo. Unos cuantos corrieron a decírselo a Sócrates.
-¡Alégrate, ya puedes estar satisfecho! El oráculo de Delfos ha   dicho que eres el hombre más sabio del mundo.
-¡Qué tontería! -dijo Sócrates-. Yo solo sé una cosa: que no sé nada.
La gente estaba desconcertada. Volvieron al templo y le dijeron al oráculo:
-Tú dices que Sócrates es el hombre más sabio del mundo, pero él lo niega. Dice que, por el contrario, es un completo ignorante. Dice que solo sabe una cosa: que no sabe nada.
El oráculo se echó a reír y dijo:
 -Por eso he declarado que es el hombre más sabio del mundo.
Precisamente porque sabe que es un ignorante.
    

Las personas ignorantes se creen sabias. Las personas locas se creen las más cuerdas de todas.
Forma parte de la naturaleza humana el estar siempre mirando  hacia fuera. Miramos a todos, excepto a nosotros mismos; por eso sabemos más de los otros que de nosotros mismos. De nosotros mismos no sabemos nada. No somos testigos del funcionamiento de nuestra propia mente, no vigilamos nuestro interior.


Es preciso dar un giro de ciento ochenta grados. En eso consis­te la meditación. Tienes que cerrar los ojos y empezar a mirar principio solo verás oscuridad y más. Y muchas personas se asustan y se apresuran a salir, porque fuera hay luz.    
Sí, fuera hay luz, pero esa luz no te va a iluminar, esa luz no te va a ayudar nada. Necesitas luz interior, una luz que tiene su origen en tu propio ser, una luz que no se puede apagar ni siquiera con la muerte, una luz que es eterna. Y tú la tienes, el potencial está ahí. Naces con ella, pero la estás manteniendo oculta en la parte de atrás; nunca la miras.
Y como has mirado hacia fuera durante siglos, durante muchas vidas, se ha convertido en un hábito mecánico. Incluso cuando duermes, miras tus sueños... sueños que son reflejos del exterior. Cuando cierras los ojos, empiezas a tener ensoñaciones o a pensar; eso significa que sigues interesado en otros. Esto se ha convertido en un hábito tan crónico que ni siquiera quedan pequeños interva­los, pequeñas ventanas que den al interior de tu ser, por donde pue­das tener un vislumbre de lo que eres.




Al principio es un gran esfuerzo, es arduo, es difícil... pero no es imposible. Si estás decidido, si te has comprometido a la explora­ción interior, tarde o temprano ocurrirá. Solo tienes que seguir ex­cavando, tienes que seguir luchando con la oscuridad pronto pasa­rás al otro lado de la oscuridad y entrarás en el reino de la luz. Y esa luz es auténtica luz, mucho más auténtica que la luz del solo la de la luna, porque todas las luces que están fuera son temporales; solo duran un cierto tiempo. Incluso el sol morirá algún día. No solo las lámparas pequeñas agotan sus recursos y se apagan por la mañana; incluso el sol, con sus inmensos recursos, está muriendo día a día. Tarde o temprano se convertirá en un agujero negro. Morirá y no saldrá de él nada de luz. Por mucho que dure su vida, no es eterno. La luz interior es eterna; no tiene principio ni fin.

No me interesa decirte que te libres de tus defectos, que seas bueno, que mejores tu carácter... no, en absoluto. No me interesa nada tu carácter. Lo único que me interesa es tu conciencia.

Hazte más alerta, más consciente. Profundiza cada vez más en ti mismo hasta que encuentres el centro de tu ser. Estás viviendo en la periferia, y en la periferia siempre hay turbulencias. Cuanto más profundizas, mayor es el silencio que predomina y en estas expe­riencias de silencio, luz, alegría, tu vida empieza a desplazarse ha­cia una dimensión diferente. Los errores, las equivocaciones, em­piezan a desaparecer.

Así que no te preocupes por los errores, las equivocaciones y los defectos. Preocúpate de una sola cosa, de un solo fenómeno. Con­centra toda tu energía en un único objetivo: cómo hacerte  más consciente, cómo despertar más. Si pones toda tu energía en ello, tiene que ocurrir, es inevitable. Es un derecho que tienes por naci­miento.

La moral se ocupa de las buenas cualidades y las malas cualidades. Un hombre es bueno -según la moral- cuando es honrado, sin­cero, auténtico, digno de confianza.



El hombre de conciencia no solo es bueno, es mucho más .

Para el hombre bueno, la bondad lo es todo; para el hombre de concien­cia, la bondad es solo un subproducto. En cuanto te haces conscien­te de tu propio ser, la bondad te sigue como una sombra. Ya no es  necesario hacer ningún esfuerzo por ser bueno; la bondad se con­vierte en tu modo de ser. Eres bueno, como los árboles son verdes.

Pero  el «hombre bueno» no es necesariamente consciente. Su bondad es el resultado de un gran esfuerzo, está luchando con sus malas cualidades: la tendencia a robar, la deslealtad, la insinceridad, la violencia. En el hombre bueno siguen existiendo, solo que reprimidas; pueden hacer erupción en cualquier momento.

Si deja de esforzarse, inmediatamente harán erupción en su vida. Y las buenas cualidades son solo cultivadas, no naturales. Se ha esforza­do mucho por ser honrado y sincero, por no mentir... pero ha sido un gran esfuerzo y eso cansa.
El hombre bueno está siempre serio, porque tiene miedo de todas las malas cualidades que ha reprimido. Y está serio porque en el fondo desea que le honren por su bondad, que le pre­mien. Lo que anhela es ser respetable.
La mayoría de los que llamáis santos son solo «hombres buenos».   

Solo existe una manera de trascender del «hombre bueno», y es aportar más conciencia a tu ser. La conciencia no es algo que se pueda cultivar; está ya ahí, solo hay que despertarla. Cuando estás totalmente despierto, todo lo que hagas será bueno, y lo que no ha­gas es malo.

El hombre bueno tiene que hacer inmensos esfuerzos para ha­cer el bien y evitar el mal. El mal es una tentación constante para él Es una elección: en todo momento debe elegir el bien y no ele­gir el mal. Por ejemplo, un hombre como el mahatma Gandhi... era un hombre bueno: toda su vida se esforzó por estar en el lado del bien. Pero a los setenta años de edad todavía tenía sueños sexuales, que le producían mucha angustia. «En mis horas de vigilia, puedo mantenerme completamente libre del sexo. Pero ¿qué puedo hacer cuando estoy dormido? Todo lo que reprimo durante el día vuelve a surgir por la noche.»
Esto demuestra una cosa: que eso no se ha ido a ninguna parte, que sigue dentro de ti, aguar- dando. En cuanto te relajas, en cuan­to dejas de hacer esfuerzo -y al dormir tienes por lo menos que re­lajarte y dejar de esforzarte por ser bueno-, todas las malas cuali­dades que habías estado reprimiendo empezarán a llenar tus sueños. Tus sueños son tus deseos reprimidos.

El hombre bueno está en constante conflicto. Su vida no es una vida alegre; no puede reír cordialmente, no puede cantar, no puede bailar. Está juzgándolo todo constantemente. Su mente está llena de condenas y juicios. Y como él se esfuerza tanto por ser bueno, juzga a los demás según los mismos criterios. No puede aceptarte tal como eres; solo puede aceptarte si cumples sus exigencias de bondad. Y como no puede aceptar a la gente tal como es, la conde­na.

No son estas las cualidades del hombre auténticamente religio­so. El hombre auténticamente religioso no tiene juicios ni conde­nas. Solo sabe una cosa: que ningún acto es bueno y ninguno es malo... la conciencia es buena y la inconsciencia es mala.

Cuando se llega a un punto de absoluta conciencia, ya no es cuestión de elegir... simplemente, haces cualquier cosa y es buena.
La haces inocentemente, como tu sombra cuando te sigue, sin es­fuerzo. Si tú corres, la sombra corre; si te paras, la sombra se para... pero no hay esfuerzo por parte de la sombra.

Al hombre de conciencia no se le debe considerar sinónimo de hombre bueno. Es bueno... pero de un modo muy diferente,
desde un ángulo muy diferente. No es bueno porque esté intentando ser bueno; es bueno porque es consciente. Yen la conciencia, el mal, lo malo, todas esas palabras condenato­rias, desaparecen como desaparece la oscuridad al llegar la luz.

Las religiones han decidido quedar reducidas a simples sistemas morales. Son códigos éticos; son útiles para la sociedad, pero no son útiles para ti, no son útiles para el individuo. Son con­venien- cias creadas por la sociedad. Naturalmente, si todo el mundo em­pezara a robar, la vida se haría imposi­ble; si todos empezaran a mentir, la vida se haría imposible; si todos fueran deshonestos, no podrías existir.
Así pues, en el nivel más bajo, la mo­ral es necesaria para la sociedad; es una utilidad social, pero no es una re­volución religiosa.

No te des por satisfecho con ser simplemente bueno. Recuerda: tienes que llegar a un punto en el que no tengas ni que pensar qué es bueno y qué es malo. Tu misma conciencia, te lle­va hacia lo que es bueno. No hay represión.

Yo no diría que el ma­hatma Gandhi fue un hombre de conciencia; solo fue un hombre bueno... y se esforzó a fondo por ser bueno. No dudo de sus inten­ciones, pero estaba obsesionado por la bondad.
Un hombre de conciencia no está obsesionado por nada, no tie­ne obsesiones. Está relajado, en calma, tranquilo, en silencio y se­reno. Todo lo que florece en su silencio es bueno. Es siempre bue­no. Vive en una conciencia sin elecciones.

Así que debes llegar más allá del concepto corriente de hombre bueno. No serás bueno ni serás malo. Simplemente estarás alerta, consciente, despierto, y todo lo que venga después será bueno. Di­cho de un modo diferente: en la conciencia total alcanzas la cuali­dad de la divinidad, y el bien es solo un pequeño subproducto de la divinidad
.

Las religiones te han venido enseñando a ser bueno para que un día puedas encontrar a Dios. Eso no es posible. Ningún hombre bueno ha encontrado la divinidad. Yo enseño justo lo inverso: en­cuentra la divinidad, y el bien vendrá por sí solo. Y cuando el bien viene por sí solo, posee una belleza, una gracia, una sencillez, una humildad.
No pide ninguna recompensa ni aquí ni en la otra vida.
Él mismo es su propia recompensa.





El hombre bueno puede transfor­marse en un hombre malo con mucha facilidad, 
sin ningún esfuerzo... 
por que todas esas malas cualidades están ahí, 
solo que aletargadas, reprimidas basado en el esfuerzo.  
OSHO





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